viernes, 28 de mayo de 2010

EL ESPECTADOR.COM

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El Emisor estimula la Eeconomía
Por: Salomón Kalmanovitz

EL VIERNES 30 DE ABRIL LA JUNTA Directiva del Banco de la República tomó por sorpresa al mercado por bajar su tasa de interés de referencia al 3%.
Generalmente el banco opera sobre tramos de 0.25% y al duplicar ese nivel la señal que envió fue bastante fuerte.

Pero la medida no debió sorprender a nadie. En el régimen inflación objetivo el banco se fija una meta; si la está sobre cumpliendo debe relajar su política. En efecto, la inflación anualizada en marzo registró un 1.8%, aún con el fenómeno del niño encima, cuando la meta es de 3%. Con la inflación tan reducida, los deudores reciben menos ingresos y se ven apretados con el servicio de sus deudas. Un nivel más bajo de tasas de interés, en general, estimula un mayor uso del crédito y, por lo tanto, se activa la demanda por bienes y servicios y, al mismo tiempo, puede aliviar a los deudores que se refinancian.

Blindado el frente inflacionario, el banco pudo entonces estimular la economía que comienza a reactivarse lentamente, donde ha ayudado mucho el nivel históricamente bajo de las tasas de interés. La economía colombiana no ha logrado recuperarse de la caída del 70% de sus exportaciones de manufacturas y alimentos hacia Venezuela. La reactivación es todavía débil y se debe al crecimiento de Estados Unidos y el inicio de las exportaciones hacia China e India. El petróleo es dominante en la dinámica exportadora del país, que tiene poco efecto multiplicador sobre el empleo y el resto de la economía. Puede pasar algo bastante nocivo incluso: que el gobierno, tan en la olla fiscal, monetice las divisas de Ecopetrol y con ello contribuya a la revaluación del peso.

Un efecto interesante de la medida tomada por el Emisor fue que el lunes el peso se devaluó 2%, mientras que las otras monedas de los países latinoamericanos se apreciaban o permanecían estables. En teoría, uno de los fundamentos de la tasa de cambio es el diferencial entre las tasas de interés del país con el de economías de las que llega capital o de países que compiten con Colombia por recibir flujos de capital. Lo que pareció afectar el peso colombiano ese día fue que simultáneamente el banco central brasileño subió su tasa de interés, anticipándose al recalentamiento de su economía. Se crearon así expectativas de que capitales que pudieran llegar a Colombia se desviarían hacia el Brasil.

Existen otros fundamentos de la tasa de cambio, como el balance en cuenta corriente, en especial la relación entre exportaciones e importaciones, las llegadas de capital extranjero o de deuda pública, el nivel de endeudamiento del país y las expectativas de los inversionistas del mundo.
A partir del miércoles de la semana pasada todas las monedas latinoamericanas de devaluaron con bastante fuerza por el temor al contagio de la crisis griega que puede incendiar la zona del euro y con ello hacer que los inversionistas saquen su plata de los mercados emergentes, lo cual también provoca que los nacionales se pasen a dólares.

Se trata de una situación que pone en riesgo a la mayor parte del planeta y ojalá logren conjurarla la comunidad europea y el FMI. Lo que ayuda en algo a Colombia es que el mercado de capital local se ha profundizado mucho (de nuevo gracias al Emisor) y más del 60% de la deuda pública está denominada en pesos. Lo que nos perjudica es que las necesidades de financiamiento del gobierno son enormes.
Los culpables
Por: Alberto Carrasquilla


Desde el inicio de la crisis financiera de 2008, las diatribas de alto calibre contra de los banqueros ha sido parte integral del paisaje mediático mundial. Entre nosotros, ni más ni menos que Daniel Samper, el mejor columnista del país, afirmó con su usual claridad, que los banqueros: “ (…) engañaron a la gente, (…) empobrecieron al mundo, (…) frenaron el avance de decenas de países, hundieron al planeta en una recesión de la que tardará en salir”.

María Jimena Duzán, otro peso pesado, se refería a los yuppies, subespecie del banquero, así: “Son un ejército de consumistas pretenciosos (..) que crearon una forma de vida dominada por el derroche (…) especulando con el dinero de los otros (…) su ambición suele ser tan grande como su ropero, en el que, además, todas las prendas tienen que ser de marca”.

Pues bien, aunque sin duda tiene razón Samper en sentir rabia de cara al sufrimiento que la crisis desató, y Duzán revela una estupenda faceta de socio-sicóloga que le desconocíamos, la verdad es que los destinatarios de sus respectivos ejercicios dialécticos, los banqueros, no tuvieron mucho que ver con aquello de causar la crisis.

Eso se desprende de un importante trabajo reciente de Ross Levine, en el que el prestigioso autor efectúa un minucioso post-mortem del sistema bancario americano, encontrando en los escombros cosa muy distinta a lo implicado por los columnistas de marras. Puestas las cosas en una balanza objetiva, la conclusión es que la responsabilidad de los banqueros por la aparición del siniestro en 2008, palidece frente a la responsabilidad de los burócratas en su largo período de gestación.

Las pruebas concretas son cinco. Primero, la laxitud de los burócratas frente a las agencias calificadoras de riesgo, a quienes asignaron responsabilidades épicas, y la consecuente tolerancia frente a su incompetencia en la estimación del riesgo asociado a diversas familias de activos. Segundo, la tolerancia exhibida por el banco central, permitiendo a los intermediarios usar la fachada de unos seguros contra el conejo crediticio (CDS) seriamente sobrevalorados, para reducir el capital preventivo y exponenciar la toma de riesgo. Tercero, la excesiva tolerancia regulatoria con respecto a instrumentos derivados, como los mismos CDS, transados por fuera de bolsa. Cuarto, la ausencia de una visión consolidada del riesgo asumido por los bancos grandes, dentro y fuera de sus balances. Quinto, los privilegios brindados a la banca pública encargada de promover, a toda costa, la vivienda de interés social.

Al trabajo le falta incluir errores gubernamentales adicionales, empezando por la extremada laxitud de la política monetaria en los años previos a la crisis, la marcada erraticidad que tuvo la reacción inicial y la defensa implícita del principio de que existen entidades demasiado grandes para naufragar. No obstante, la conclusión gruesa es concluyente: Primero, las autoridades contaban con todas las herramientas necesarias para haber atajado el desborde que experimentó la toma de riesgo a lo largo y ancho del sistema financiero, el cual Levine argumenta convincentemente, que conocían. Segundo, cometieron una cadena de errores de acción y de omisión durante el período comprendido entre 1996 y 2006.

Es cierto que en el ejercicio del ánimo de lucro, esencial para el progreso de todo empresario y de toda sociedad, los banqueros terminaron reventando la descomunal papaya que les puso la burocracia. Vaya sorpresa. Sin embargo, creo que la lección más destacada que deja la crisis es muy distinta a la inherente en casi todas las iniciativas recientes de reforma financiera: hay bastante más para corregir en el frente de la calidad que en el frente de la cantidad regulatoria y mucha más responsabilidad por el siniestro en la tintorería de los burócratas que en el ropero de los yuppies.
ac.espectador@gmail.com
Alberto Carrasquilla

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